No es un sentimiento único, sino más bien una completa sucesión de sentimientos que preci- san de cierto tiempo para ser superados, no siendo posible el acortar este período de tiempo.

Aunque todos somos diferentes, el orden en que experimentamos estos sentimientos es muy similar para la mayoría de nosotros. 

El duelo es más frecuente tras el fallecimiento de alguien al que conocíamos desde hace algún tiempo. No obstante, parece claro que aquellas personas que han tenido un aborto o que han experimentado la pérdida de niños muy pequeños sufren una experiencia muy similar al duelo y precisan de la misma clase de cuidados y consideración.

   En las pocas horas o días que siguen al fallecimiento la mayoría de los afectados se sienten sim- plemente aturdidos o confundidos ya que no se llegan a creer lo que realmente ha ocurrido. 


Esta sensación puede tener lugar a pesar de que el fallecimiento hubiera sido esperado. 

Este entumecimiento o adormecimiento emocional puede ser de ayuda a la hora de afrontar los importantes cometidos que hay que llevar a cabo tras el fallecimiento, tales como el contactar con los demás parientes y la organización del funeral. Sin embargo, esta sensación de irreali- dad puede llegar a ser un problema si persiste durante mucho tiempo. El ver el cuerpo del falle- cido puede ser, para algunos, la forma de empezar a superar esta fase. De forma similar, para algunas personas, el funeral es una ocasión en la que se empieza a afrontar la realidad de lo acontecido.

El ver el cuerpo del difunto o el atender al funeral puede llegar a ser muy doloroso, pero son las únicas formas de que disponemos para decir adiós a aquellos que hemos amado. Estas acti- vidades pueden parecer tan dolorosas que puede surgir la tentación de no afrontarlas, aunque con frecuencia esto conduce en el futuro a una sensación de profundo disgusto. 

Pronto, no obstante, desaparece este aturdimiento que suele ser reemplazado por una intensa sensación de agitación y desasosiego con anhelo de la persona fallecida. El afectado por el duelo alber- ga en algún modo el deseo de encontrarse con el fallecido aunque sabe que esto es claramen- te imposible. Esto hace difícil el relajarse o concentrarse en cualquier actividad, así como tam- bién resulta difícil el dormir adecuadamente. Los sueños pueden ser extremadamente pertur- badores. Algunas personas pueden sentir que “ven” a su persona amada en cualquier sitio al que van: la calle, el parque, alrededor de la casa, o en cualquier lugar en el que hubieran esta- do juntos con anterioridad. 

Los afectados frecuentemente se sienten muy “enfadados” en este momento del duelo, y suelen estarlo con los médicos y enfermeras que no evitaron su muer- te, con sus familiares y amigos quienes no hicieron lo suficiente, o incluso con la persona falle- cida porque los ha abandonado.
Se calcula que aproximadamente un 16 % de las personas que han padecido la pérdida de un ser querido presentaron un cuadro de depresión durante un año o más después del fallecimiento.
Otro sentimiento común en el proceso del duelo suele ser el de culpa. 

Las personas en duelo con frecuencia piensan en todas aquellas cosas que les hubiera gustado decir y/o hacer y que no fueron posibles. 

Pueden incluso llegar a pensar que podrían haber actuado de una forma diferente y que esto hubiera podido evitar la muerte de su ser querido. 

Desde luego, la muer- te generalmente está más allá del control de cualquiera y la persona en duelo puede necesitar que se lo recuerden. La culpa puede también surgir si se experimenta cierta sensación de ali- vio tras el fallecimiento de una persona afectada por una enfermedad particularmente penosa o muy dolorosa. Este sentimiento es natural, extremadamente comprensible y muy frecuente.