La bodhichitta en el budismo Mahayana, se define como el deseo de alcanzar la iluminación o liberación total para ayudar a todos los seres sensibles. Este deseo permea entonces todas las actividades de palabra, pensamiento y obra del practicante, quien dedica sus esfuerzos a contribuir de forma positiva a todos a su alrededor y convertirse en bodhisattva.

 

            Una de las formas en las que podemos desarrollar este deseo, es la práctica que en tibetano se conoce como dak shen ñam ye: igualarse e intercambiarse con otros (dak=yo, shen=otros, ñam=igualar, ye=intercambiar). Como claramente indican los verbos en la definición, tenemos dos acciones involucradas, igualarse e intercambiarse. Esta práctica sirve como antídoto a la sutil pero poderosa tendencia de identificarnos erróneamente con nuestra existencia. Muy en el fondo de nuestra mente alimentamos una identidad auto centrada que dicta la forma en la que nos relacionamos con otros, velando por los intereses de uno sólo: yo. 

Independientemente de que tan obvia sea esta conducta en nuestro comportamiento (se hace más sutil a medida que nos hacemos más “refinados o civilizados”), identificarla no debe de suscitar culpa o autoflagelación sino conciencia, pues la primera regla para cambiar algo, ¡es primero darse cuenta que hay algo que cambiar!

 

            Comencemos con la primera acción, igualarse. Nuestra identidad la vamos formando a partir de las ideas que vamos recibiendo en nuestra familia, entorno social, religión, sociedad y cultura. A fin de cuentas, la pertenencia nos hace sentir seguros e integrados a un grupo. Sentimos afinidad con aquellos que van compartiendo nuestro punto de vista o estilo de vida. Cualquier elemento distinto a nuestros parámetros de lo que es “apropiado” (apariencia, modales, valores, posesiones, etc.), empezará poco a poco a alienar a todos aquellos que sean distintos. Entre más nos aferremos a estos parámetros, con más fuerza los defenderemos y juzgaremos a otros que lo vean de forma distinta. El único valor universal es la no violencia y la bondad: trasciende cualquier religión, estatus social, país, edad y creencia.


            El derecho fundamental con el que nacemos todos es la persecución de nuestro bienestar y de evitar el sufrimiento, y desde esa perspectiva, todos los seres sensibles somos iguales: desde una cucaracha hasta un santo. Todos buscamos lo mismo. El grave problema de autoestima que sufre la humanidad en este momento, tristemente nos hace pensar que dañar o herir a otro puede reportarnos cierto grado de felicidad permanente. Eso es imposible. La violencia sólo genera violencia, como un gran yogui hace 2,000 años mostró con su ejemplo. El origen de las disputas, las guerras, persecuciones, discriminaciones, abusos y demás actos de crueldad se hace porque en el fondo pensamos que nuestra felicidad y punto de vista es más valioso que el de los otros, y hacemos todo lo posible para defenderla, sin importar si eso los daña.

 

            Si entre humanos cometemos las atrocidades que vemos día a día, ¿qué dejamos a otros que ni siquiera pensamos que son dignos de ser considerados? Como especie, el ser humano se ha apropiado del planeta pensando que todos los demás miembros de otras especies (animal, vegetal, mineral) tienen una sola función: servirnos. En esa persecución de la felicidad, esclavizamos, torturamos, violamos, masacramos, contaminamos y destruimos sin piedad. Hemos violado las leyes naturales de equilibrio, y por siglos aquellos que no pueden alzar su voz han sido víctimas de mucho sufrimiento. Afortunadamente cada vez más generamos conciencia de inclusión para todos aquellos con los que compartimos este planeta, que también sufre profundamente por este grave descuido.

 

            Desde otra perspectiva, también todos somos iguales: todos los seres sensibles (y fenómenos en el universo también, pero esa es otra discusión) compartimos esa misma chispa divina, identidad con Dios, naturaleza última o como te venga bien llamarla. Nadie tiene los derechos reservados de la divinidad.

 

            El segundo elemento, intercambiarse con otros, es muy poderoso también. Estamos tan enfrascados en nuestra burbuja, que nos cegamos a lo que pasa en otras mentes. Sólo mis puntos de vista y mis ideas son las que deben prevalecer. Pero… ¿es así? Fuera de esa esencia divina, la percepción que prevalece en la percepción individual de nuestra experiencia, es subjetiva. Todos vemos el mundo de acuerdo a nuestras tendencias e impresiones. Esto nos vuelve a dar otra vez un sentimiento de seguridad ilusoria.

 

Nunca asumas que la otra persona puede leer tu mente. Imagínate que tuvieras un control remoto mágico que pudiera pausar la realidad. ¿Qué pasaría si pudieras ponerte en los zapatos de otra persona o ser en ese momento? ¿Si fueras tu pareja en medio de una discusión y pudieras verte a ti misma(o) actuando, diciendo y pensando así? ¿Si fueras tu alumno(a) y pudieras verte viendo clase? ¿Si fueras el(la) maestra(o) y pudieras verte asistiendo la clase? ¿Si fueras alguno de tus padres y observaras tu actitud? ¿Si fueras uno de tus hijos e hicieras lo mismo? ¿Si estuvieras en una negociación de un divorcio, de un contrato profesional, de un compromiso político? ¿Si alguien hubiera cocinado tu pierna y estuviera a punto de darle un mordisco? ¿Si fueras tú el que conduce el coche delante de ti, o al lado? Los ejemplos son casi infinitos…. creo que ya entiendes por dónde va el asunto.

 

            Empieza a generar el hábito de contemplar estos dos elementos en tu vida diaria: al presenciar la apabullante disparidad en nuestras sociedades, al interactuar con las personas con las que cruzas camino en tu día, al observar cómo viven otras especies, cómo tratamos el planeta. ¿Qué se sentiría estar en sus zapatos o en su lugar? Si existiera una corte interplanetaria y desde esa perspectiva pudieras ponderar lo siguiente: ¿Tengo yo un mayor derecho a ser feliz que ese otro(a)?

 

            A medida que vamos rompiendo la ilusión de esa personalidad auto centrada, vamos generando empatía, respeto y consideración a los demás. Nuestro dolor, aferramiento y aprehensión nos hace engancharnos en el pasado y nos impide ver adelante. Honremos las heridas que sufrimos, liberemos el dolor y sanemos con amor. Ese mismo amor que sana es el que empezará a abrir la puerta a recibir, dar y sentir que en el fondo de esta esencia radica el amor más profundo, el amor incondicional. Viviremos cada vez con más en libertad, sintiéndonos más ligeros y más felices. Nos vamos dando cuenta que la verdadera felicidad proviene, por simple ley de causa y efecto, de dedicarnos a hacer felices a los demás: empezando con uno(a) mismo(a).

 

           

           

 

           

           Escrito por:

Rafael Cervantes, abril 2017

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