Pues hemos llegado a la pregunta del millón de dólares que miles de personas que ha sufrido una pérdida se realizan una y otra vez. Los consultorios psicológicos están llenos de personas que pagan sesión tras sesión para escuchar las anheladas palabras: usted ha superado su duelo, hemos terminado nuestro trabajo.

La necesidad de los pacientes esperando la confirmación de su terapeuta de que están bien es necesaria  al inicio de la terapia porque crea un lazo de confianza pero al final se vuelve incluso como si la persona estuviera confirmándose todo el tiempo por medio del otro.

Por eso para ahorrarte un poco de dinero quizás al leer este artículo puedas identificar que tan cerca o lejos estás de ese lugar.


Lo más común es que digamos que el duelo se termina con la aceptación, lo que sea que eso signifique porque la realidad personalmente esa palabra me hace un corto circuito cada vez que la escucho. La razón es que creo el nombre da una connotación inadecuada para lo que realmente queremos llegar en los objetivos del duelo.  Una frase muy común de Elizabeth Kübler Ross es:

La muerte no es una ausencia sino un cambio de presencia.

Esta frase les está azotando la mente a los dolientes desde el inicio pero difícilmente podemos comprenderla sino hasta el final del proceso. 

Aclaremos el panorama.

La razón por la que los dolientes están atorados en el duelo es que equiparamos la muerte con la ausencia este proceso es sumamente natural e incluso arcaico. En los primeros años de infancia el recién nacido siente que cuando la madre o el cuidador principal se va, desaparece a eso Sigmund Freud le llama Fort Da que es un proceso en el que El Niño empieza a comprender que lo que desaparece de su vista no necesariamente deja de existir. 

Con el tiempo El Niño aprende a manejar la angustia de separación que es la razón por la que llora desesperado cada vez que la madre se aleja y aprende no sólo a tolerarla sino a entender el fenómeno de que a pesar que la madre no esté ella no desaparece. Hasta ahí todo perfecto porque crecemos como adultos sanos hasta que un día la muerte nos enseña la lección más grande que es aprender a comprender que la muerte no es ausencia.

Ahora mismo me dirás que he enloquecido, claro que la muerte es ausencia, si lo que hacen los malvados terapeutas es decir que negó que aprender a vivir con la pérdida y la realidad. Y ahora me dices que es una mentira, no no digo que si familiar ande campando por ahí y usted ha sido vilmente engañado, lo que digo es que nuestra noción de la muerte es que en cuanto la persona se ha ido todo desaparece.

En ese momento nos volvemos como recién nacidos que no creemos que exista algo salvo que lo veamos. 


La muerte si es irreversible en términos humanos no podrás una más realizar lo que se hace cuando la persona está viva. Eso es lo que tenemos que aceptar, asimilar y aprender a vivir. Ese es el verdadero trabajo de duelo, vivir con la pérdida y recuperarse, pero eso nada tiene que ver con el hecho que comprendamos que la persona no está ausente simplemente su presencia se ha modificado a un tipo de presencia no real, no como en el pasado.

Finalizar el duelo es entonces cuando la persona es 

 es capaz de hablar del fallecido sin el dolor que sacude su alma y genere sufrimiento, cuando es capaz de pensar en él sin manifestaciones físicas, como llanto inconsolable, alteraciones del sueño, depresión, y finalmente cuando el superviviente es capaz de invertir sus energías y sus afectos en nuevas relaciones y situaciones aceptando los retos y cambios que la vida, ha recuperado el interés por la vida y se siente de nuevo esperanzado experimentando gratificación y felicidad adaptándose a nuevos roles, significa llegar a un término en que la persona se interesa nuevamente por su vida. Y que aún así sigue recordando a su ser querido pero permitiéndose de no vivir.

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